Mary Ann Cotton fue ejecutada en la prisión de Durham el 24 de marzo de 1873 por el envenenamiento de su hijastro de siete años, Charles Edward Cotton. Fue el único crimen por el que llegó a ser formalmente condenada. Sin embargo, a su alrededor murieron, a lo largo de veinte años, hasta 21 personas —entre ellas tres o cuatro esposos, su madre, varios hijastros y once de sus propios trece hijos—, casi todas con síntomas compatibles con envenenamiento por arsénico. Se la considera hoy, con matices, la primera asesina en serie documentada de la historia de Inglaterra.

Una infancia minera y un patrón que se repite

Mary Ann Robson nació el 31 de octubre de 1832 en Low Moorsley, condado de Durham, hija de un minero que murió al caer por un pozo de mina cuando ella era niña. Se casó por primera vez con William Mowbray en 1852; la pareja tuvo cinco hijos en sus primeros años juntos, de los cuales cuatro murieron siendo bebés. La alta mortalidad infantil era habitual en la Inglaterra victoriana, por lo que estas primeras muertes se atribuyeron entonces a la “mala suerte” sin levantar sospechas.

El patrón se repitió con una regularidad que, en retrospectiva, resulta difícil de ignorar: a lo largo de sus sucesivos matrimonios y relaciones —con Mowbray, con George Ward, con James Robinson y finalmente con Frederick Cotton, cuya hermana Margaret había sido amiga cercana de Mary Ann y murió apenas cuatro semanas después de que esta se instalara en su casa—, un número desproporcionado de esposos, hijos propios e hijastros murió de forma repentina, con síntomas que los médicos de la época atribuían habitualmente a “fiebre gástrica”, una dolencia común cuyos síntomas —vómitos, dolor abdominal, debilidad— eran prácticamente indistinguibles de los del envenenamiento crónico por arsénico.

El contexto: un veneno omnipresente

Uno de los factores que permitió que el patrón pasara desapercibido durante tanto tiempo fue lo habitual que resultaba la exposición al arsénico en la vida cotidiana victoriana: el compuesto se usaba en el papel pintado de las paredes, en juguetes infantiles e incluso en cochecitos de bebé, y los envenenamientos accidentales no eran infrecuentes —en 1858, quince personas murieron en Bradford al consumir dulces contaminados accidentalmente con arsénico en lugar de yeso—. Esa familiaridad social con el veneno jugaría un papel central en la defensa de Cotton durante su juicio.

La caída: la muerte de Charles Edward Cotton

En 1872, mientras vivía con su último compañero, Frederick Cotton (con quien nunca llegó a casarse legalmente, pues su matrimonio anterior con James Robinson seguía vigente), el hijastro de Mary Ann, Charles Edward Cotton, de siete años, murió repentinamente. Un funcionario local que había escuchado comentarios sobre la insistencia de Cotton en que el niño estaba asegurado —y sobre lo inconveniente que sería para ella si sobrevivía— alertó a las autoridades. El forense reexaminó el estómago del niño y halló evidencia clara de envenenamiento por arsénico.

El titular del North Wales Chronicle de 1872 resumió el impacto de la noticia: “Una sospecha terrible: Mary Ann Cotton, una viuda, está detenida en West Auckland, acusada de haber envenenado a su hijastro, de ocho años”. El arresto llevó a las autoridades a examinar retrospectivamente el patrón completo de muertes en su entorno a lo largo de dos décadas.

El juicio y la ejecución

Cotton fue juzgada exclusivamente por la muerte de Charles Edward Cotton —las autoridades de la época no contaban con los medios ni el marco legal para perseguir simultáneamente el resto de las muertes sospechosas, muchas de ellas ya con los cuerpos enterrados en cementerios sin registro preciso de ubicación—. Su defensa argumentó que el niño podría haber estado expuesto a arsénico ambiental, presente en el papel pintado de la vivienda, o que el farmacéutico local podría haber confundido el arsénico con polvo de bismuto, un remedio estomacal común, mientras atendía a otro cliente. El jurado no lo consideró creíble.

Fue declarada culpable y condenada a muerte. La ejecución tuvo que posponerse porque Cotton estaba embarazada en el momento del juicio; dio a luz en prisión, y ese hijo fue uno de apenas dos, de los trece que tuvo a lo largo de su vida, que sobrevivieron. El 24 de marzo de 1873 fue ahorcada en la prisión de Durham. La ejecución, a cargo del verdugo William Calcraft, resultó torpe: la cuerda no tenía la longitud adecuada para provocar una muerte instantánea, y Cotton murió estrangulada lentamente a lo largo de varios minutos. Caminó hacia la horca, según los relatos de la prensa de la época, “mortalmente pálida, con paso firme, rezando en voz alta y con los ojos elevados”; nunca confesó los crímenes.

El legado: “no existen asesinas seriales”

El caso de Mary Ann Cotton adquirió una relevancia particular en la historiografía criminal moderna después de que, en 1998, un antiguo perfilador del FBI afirmara públicamente que “no existen las asesinas en serie”. El caso de Cotton —junto a los de Amelia Dyer o Elizabeth Báthory— se cita habitualmente como refutación directa de esa afirmación, y como ejemplo de un patrón criminológico ampliamente documentado en mujeres condenadas por múltiples homicidios: víctimas del entorno familiar cercano, motivo económico (pólizas de seguro), y un método —el veneno— que no requiere confrontación física directa. La historia de Cotton fue llevada a la televisión en la miniserie británica “Dark Angel” (BBC, 2016), protagonizada por Joanne Froggatt.

Fuentes consultadas

  • Wikipedia (en inglés) — cronología judicial y biográfica del caso.
  • History Hit — reconstrucción del juicio y contexto sobre el arsénico en la vida cotidiana victoriana.
  • British Newspaper Archive (blog oficial) — cobertura de prensa original de la ejecución, incluida la crónica del Witney Express.
  • England’s North East — biografía detallada y reconstrucción de sus matrimonios sucesivos.
  • Crime+Investigation (Reino Unido) — síntesis del caso y su lugar en la historia criminal británica.

Nota editorial: Cotton fue condenada judicialmente por un solo asesinato. La cifra de hasta 21 víctimas es una atribución de las autoridades e historiadores basada en el patrón de muertes documentado a su alrededor, no un número confirmado en sentencia judicial. La mayoría de las víctimas atribuidas fueron menores de edad; este artículo evita el detalle clínico innecesario.