El 26 de febrero de 1852, ante una gran multitud reunida en el Champ-de-Mars de Rennes, Hélène Jégado fue ejecutada mediante guillotina. Había sido juzgada formalmente por solo tres asesinatos, tres intentos de asesinato y once robos —los únicos delitos que la ley francesa de la época permitía perseguir dentro del plazo de prescripción—, pero los historiadores consideran que la cifra real de sus víctimas, acumuladas a lo largo de casi dos décadas trabajando como sirvienta y cocinera en distintos hogares de Bretaña, pudo alcanzar las 36 personas.

Una vida itinerante al servicio de otros

Hélène Jégado nació hacia 1803 en una pequeña granja de Plouhinec, en la región bretona de Morbihan. Quedó huérfana de madre a los siete años y fue enviada a trabajar junto a dos tías que servían en la rectoría de Bubry. Pasó buena parte de su vida adulta empleada como cocinera y sirvienta doméstica en una sucesión de hogares —rectorías, casas particulares, un convento— por distintas localidades de Bretaña, cambiando de empleo con frecuencia, a menudo poco después de que ocurrieran muertes inesperadas a su alrededor.

El primer episodio: siete muertes en tres meses (1833)

El primer brote de muertes vinculado a Jégado ocurrió en 1833, mientras trabajaba para un sacerdote en el pueblo de Guern. Entre el 28 de junio y el 3 de octubre de ese año, siete miembros del hogar murieron de forma repentina, entre ellos el propio párroco, sus padres ancianos y la propia hermana de Jégado, Anne, que se encontraba de visita. La región había sufrido un brote de cólera meses antes, lo que ayudó a que las muertes se atribuyeran a la epidemia y no despertaran sospechas inmediatas —un contexto que, según los relatos de la época, Jégado aprovechó representando con convicción el papel de sirvienta desconsolada.

Casi dos décadas de movimiento constante

Entre 1833 y 1841, Jégado se trasladó de localidad en localidad —Auray, Pontivy, Lorient, Port-Louis— trabajando en hogares distintos, casi siempre por periodos breves, con un patrón recurrente: alguien enfermaba o moría poco después de su llegada. Entre las víctimas de este periodo se cuenta una niña, Marie Bréger, fallecida en el castillo de Soye en 1841. Los historiadores estiman que, solo en esta primera etapa, pudo estar vinculada a unas 23 muertes sospechosas, ninguna de las cuales llegó a investigarse en su momento por falta de evidencia clara y, más tarde, por haber prescrito el plazo legal para perseguirlas.

Tras 1841, su actividad pareció detenerse durante casi una década. En 1850 fue contratada como sirvienta en la casa de Théophile Bidard, un destacado profesor de derecho en Rennes.

La caída: un exceso de negación

Cuando, en la casa de Bidard, no una sino dos sirvientas murieron con síntomas similares, un médico sugirió finalmente practicar una autopsia. Fue entonces cuando Jégado cometió el error que la delató: antes incluso de que se completara la investigación, y sin que nadie la hubiera mencionado, se presentó ante los médicos que llegaban a la casa a proclamar espontáneamente su inocencia. Ese gesto, en palabras del relato histórico del caso recogido por Executed Today, “invitó todas las sospechas, y el resto siguió inevitablemente”. Fue arrestada el 1 de julio de 1851. Los cuerpos que había ayudado a enterrar en Rennes durante el año anterior fueron exhumados y mostraron evidencia clara de envenenamiento por arsénico.

El juicio: erratismo y una defensa insólita

El juicio comenzó el 6 de diciembre de 1851. Debido a la prescripción legal, solo pudo ser acusada formalmente de tres asesinatos, tres intentos de asesinato y once robos, pese a que la evidencia recabada sugería una cifra de víctimas muchísimo mayor —algunas fuentes de la época hablaron de hasta 43 personas envenenadas desde 1846—. Durante el proceso, Jégado mostró un comportamiento errático: alternaba murmullos sumisos, gritos piadosos y arrebatos violentos contra sus acusadores, y negó sistemáticamente incluso saber qué era el arsénico, pese a la evidencia en su contra.

Su abogado defensor, Magloire Dorange, pronunció un alegato final que ha quedado registrado como una pieza retórica singular: argumentó que Jégado necesitaba más tiempo que la mayoría para arrepentirse de sus actos, y que además ya estaba muriendo de cáncer, por lo que podía ahorrársele la pena capital. El tribunal no se mostró conmovido por el argumento.

Un caso eclipsado por la política

Pese a la magnitud del caso, su cobertura mediática en el momento fue relativamente limitada: el juicio coincidió con el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte en París en diciembre de 1851, que dominó las portadas de la prensa francesa durante esas mismas semanas.

El legado: entre los envenenadores más prolíficos de la historia

Aunque solo fue judicialmente condenada por un puñado de sus crímenes, la historiografía criminal considera a Hélène Jégado, con una estimación de alrededor de 36 víctimas a lo largo de casi 20 años, una de las envenenadoras en serie más prolíficas documentadas en la historia europea. Su caso se estudia habitualmente junto al de otras envenenadoras domésticas del siglo XIX —como Mary Ann Cotton en Inglaterra— como ejemplo de cómo la dificultad para distinguir clínicamente entre enfermedad natural y envenenamiento crónico, sumada a la movilidad geográfica de las sirvientas domésticas de la época, permitió que patrones de este tipo se sostuvieran durante años sin levantar sospechas sistemáticas.

Fuentes consultadas

  • Wikipedia (en inglés) — cronología general del caso y datos biográficos.
  • Executed Today — reconstrucción detallada de la investigación, el arresto y la ejecución.
  • The Line-Up — perfil del caso con énfasis en el contexto histórico de la investigación forense de la época.
  • Geneastar — genealogía y reconstrucción cronológica de los distintos periodos de actividad.
  • Execution Ballads (Universidad de Melbourne, archivo digital) — documentación de la acusación formal y el desarrollo del juicio.

Nota editorial: Jégado fue condenada judicialmente por tres asesinatos; la cifra de 36 víctimas es una estimación histórica ampliamente citada por los especialistas, no un número confirmado en sentencia judicial.