Pocas historias de crónica negra se repiten con tanta seguridad narrativa —y tan poca evidencia real— como la de Vera Renczi: la mujer rumana que, según la leyenda, envenenó a 35 personas (dos esposos, 32 amantes y su propio hijo) entre las décadas de 1910 y 1920, y conservó sus cuerpos en ataúdes revestidos de zinc en la bodega de su mansión, donde se sentaba a “conversar” con ellos.
Es una historia extraordinaria. También es, según la investigación histórica seria disponible, esencialmente indemostrable. Este artículo existe precisamente para explicar por qué: no para narrar el mito como si fuera hecho establecido, que es como circula en la inmensa mayoría del contenido sobre ella.
El origen del relato: un artículo de prensa de 1925
El primer registro localizable de la historia de Vera Renczi es un artículo publicado en Estados Unidos en mayo de 1925, en plena época dorada del sensacionalismo periodístico. A partir de ahí, la historia se ha repetido durante un siglo en libros de crímenes reales, enciclopedias de asesinos seriales y, más recientemente, en decenas de sitios web de true crime, prácticamente sin variación en los detalles centrales pero también sin que ninguna de esas fuentes aporte nunca un documento primario: ni un acta de arresto, ni una sentencia judicial, ni un registro de nacimiento o defunción verificable, ni cobertura de prensa rumana o yugoslava de la época que pueda contrastarse de forma independiente.
Lo que la leyenda cuenta
Según la versión estándar, Renczi nació en Bucarest hacia 1903, en una familia húngara acomodada, y quedó huérfana de madre a los 13 años. A los 15 ya tenía fama de mantener relaciones con hombres considerablemente mayores. Se casó con su primer esposo, Karl Schick, con quien tuvo un hijo, Lorenzo; lo habría envenenado en torno a 1920 al sospechar una infidelidad. Su segundo matrimonio, con un hombre llamado Joseph Renczi, habría terminado del mismo modo apenas cuatro meses después. A partir de ahí, la leyenda sostiene que fue envenenando sistemáticamente a sus amantes —hombres jóvenes, de entre 23 y 30 años, casi siempre casados— cada vez que sospechaba que la engañaban o que su interés por ella disminuía, y que conservaba sus cuerpos en ataúdes de zinc sin enterrar en la bodega de su casa en Berkerekul (la actual Zrenjanin, en Serbia).
El caso se habría destapado cuando la esposa de uno de sus amantes lo siguió hasta la casa de Renczi; al no regresar el hombre esa noche, la mujer alertó a la policía, que registró la vivienda y halló 32 ataúdes con cadáveres en distintos estados de descomposición. Renczi habría confesado entonces haber envenenado también a su propio hijo, Lorenzo, después de que este descubriera accidentalmente los ataúdes y la amenazara con delatarla.
Por qué la historia no resiste el escrutinio
La revisión más citada del caso, publicada por la periodista especializada en crímenes históricos y recogida por The Line-Up, así como el análisis independiente de la cátedra de ciencia forense de la Legal Desire Foundation, coinciden en varios puntos críticos:
- No existe fuente primaria alguna. Ningún historiador ha localizado un acta judicial, un expediente policial, una sentencia o siquiera un registro civil que confirme la existencia de Vera Renczi con esos datos biográficos.
- El propio Libro Guinness de los Récords se retractó. En 1972, tras incluirla en su lista de asesinas más prolíficas de la historia, Guinness revisó la entrada y concluyó que no existían fuentes autorizadas que respaldaran la cifra de 35 víctimas ni, en rigor, el caso mismo.
- Los detalles varían sin explicación entre versiones. Algunas fuentes sitúan el número de ataúdes en 32; otras, en 35. Las fechas de nacimiento, matrimonio y muerte cambian de una fuente a otra sin que ninguna cite un origen documental distinto al mismo artículo de 1925 y sus repeticiones posteriores.
- El relato tiene una estructura literaria muy marcada —el ama de casa bella y letal, la bodega llena de amantes conservados “para que nunca la abandonaran”, la confesión casi teatral sobre sentarse junto a los cuerpos— que coincide con los tropos característicos de la crónica sensacionalista de entreguerras más que con el lenguaje habitual de un expediente policial real.
Lo que sí puede decirse con honestidad
No es posible afirmar que Vera Renczi existió tal como se describe, ni tampoco es posible demostrar de forma concluyente que la historia sea enteramente inventada: la ausencia de documentación en archivos de la Rumania y la Yugoslavia de los años veinte no es, por sí sola, prueba definitiva de nada, dado lo fragmentario de los registros de la región y la época. Lo que sí puede afirmarse con certeza es que, tal y como circula habitualmente —presentada como un caso judicial cerrado, con fecha de arresto, condena y muerte en prisión incluidas—, la historia carece del respaldo documental mínimo que este sitio exige para tratar un caso como hecho histórico probado.
Por qué incluimos este caso de todas formas
Vera Renczi ocupa un lugar único en la cultura del true crime: es, probablemente, la “asesina serial” más citada en listas y artículos de internet que, con toda probabilidad, nunca cometió los crímenes que se le atribuyen porque no hay evidencia sólida de que la persona haya existido con esa biografía. Incluirla aquí no es narrar su leyenda como historia real, sino usar su caso —como el de Elizabeth Báthory, aunque con un grado de incertidumbre documental todavía mayor— para ilustrar cómo se fabrica y perpetúa un mito criminal cuando nadie se detiene a preguntar por la fuente original.
Fuentes consultadas
- The Line-Up (Kristan Hoffman) — investigación específica sobre el origen documental del caso y su falta de verificación.
- Legal Desire Foundation, Department of Forensic Science and Criminal Investigation — análisis académico que confirma la ausencia de fuentes primarias.
- Guinness World Records (revisión de 1972, citada por múltiples fuentes secundarias) — retractación de la inclusión de Renczi en sus registros por falta de fuentes autorizadas.
- PeoplePill / Alchetron — compilación de las versiones más repetidas del relato, útiles para documentar cómo circula la leyenda, no como fuente de hechos.
Nota editorial: este es el único caso de la sección “Mujeres Homicidas” para el que no existe ninguna fuente primaria verificable. El artículo se incluye explícitamente como estudio de un mito de crónica negra sin confirmación documental, no como un caso judicial probado. Cualquier edición futura debe preservar esta advertencia.