La odontología forense, particularmente el análisis comparativo de marcas de mordida, fue durante décadas una de las herramientas más utilizadas en juicios penales de Estados Unidos para vincular a un sospechoso con una escena del crimen. Sin embargo, revisiones científicas recientes han puesto en duda seriamente su fiabilidad, llevando a la exoneración de varias personas condenadas erróneamente con base en esta técnica.
Los orígenes de la técnica
El primer caso en el que se aceptó una marca de mordida como evidencia judicial en Estados Unidos ocurrió en Texas en 1954, en el caso contra James A. Doyle: en la escena de un robo se hallaron marcas de mordida en un trozo de queso, que fueron comparadas con moldes dentales del acusado y consideradas coincidentes por el tribunal. Este precedente abrió la puerta a que las marcas de mordida se utilizaran de forma creciente como prueba de identificación de agresores en décadas posteriores.
El caso que consolidó la técnica: Ted Bundy
Uno de los casos más citados en la historia de la odontología forense es el juicio de 1979 contra Ted Bundy, uno de los asesinos seriales más conocidos de Estados Unidos. Durante su ataque a las hermanas de la fraternidad Chi Omega en Florida, Bundy mordió a una de sus víctimas fatales. Los odontólogos forenses Richard Souviron, Lowell Levine y Norman Sperber testificaron ante el jurado, comparando moldes dentales de Bundy con fotografías de la marca de mordida hallada en el cuerpo de la víctima. La presentación de Souviron ante el jurado resultó decisiva para la condena y posterior sentencia de muerte de Bundy.
El método: cómo funciona el análisis
El proceso tradicional de comparación de marcas de mordida consiste en tomar moldes de escayola de la dentadura de un sospechoso y compararlos, mediante microscopios de comparación óptica, con fotografías o moldes de la marca hallada en la víctima o en objetos de la escena del crimen (como alimentos). Un odontólogo forense evalúa entonces el grado de coincidencia entre ambos patrones para determinar si existe compatibilidad.
Condenas erróneas que expusieron sus límites
Con el paso de los años, y particularmente con la llegada de pruebas de ADN más precisas, varios casos de condenas basadas en marcas de mordida resultaron ser erróneas. Uno de los ejemplos más citados es el de William “Bill” Richards, cliente del Proyecto Inocencia de California, condenado en 1997 tras el testimonio de un odontólogo forense que afirmó que solo entre el 1% y el 2% de la población podría haber dejado la marca hallada en el cuerpo de su esposa, sin poder excluir a Richards como el responsable. Otro caso documentado en la literatura forense es el de Levon Brooks, condenado a muerte con base en testimonio sobre marcas de mordida en las muñecas de una niña víctima de violación y asesinato, condena que posteriormente fue revisada. En el caso de Jimmie Duncan, condenado a muerte en 1998, el propio odontólogo forense de la defensa, Richard Souviron —el mismo especialista del caso Bundy— testificó posteriormente que las lesiones evaluadas ni siquiera correspondían a mordeduras humanas, señalando que podrían deberse a “actividad de insectos, peces, tortugas” u otras causas completamente ajenas a una agresión intencional.
El cuestionamiento científico formal
Una investigación de la Comisión de Ciencia Forense de Texas, realizada durante un período de seis meses, concluyó que el método utilizado para el análisis de marcas de mordida está lejos de cumplir los estándares forenses aceptables actuales. El estudio reveló, entre otros hallazgos, que los propios odontólogos forenses frecuentemente no lograban ponerse de acuerdo sobre si una marca específica había sido efectivamente producida por un ser humano. Un estudio adicional del Consejo Americano de Odontología Forense encontró que incluso profesionales altamente experimentados no podían determinar con certeza si ciertas marcas presentadas eran realmente mordeduras. Estos hallazgos han respaldado solicitudes formales de veto sobre este tipo de evidencia en tribunales estadounidenses, respaldadas por una parte significativa de la comunidad de ciencia forense.
Un uso continuo pese a las dudas
Pese a este cuestionamiento creciente, la odontología forense continúa utilizándose en investigaciones criminales en distintos países, particularmente en casos donde no existe evidencia de ADN alternativa disponible, aunque cada vez con mayor cautela judicial sobre el peso probatorio que debería otorgársele frente a métodos forenses más consolidados científicamente.
Por qué esta disciplina sigue siendo relevante
El caso de la odontología forense y las marcas de mordida es un referente central en discusiones sobre la validez científica de las llamadas “ciencias forenses de patrones” —que dependen del juicio subjetivo de un experto individual en lugar de un análisis estadístico objetivo—, y sobre la responsabilidad del sistema judicial de reevaluar continuamente la fiabilidad de las técnicas forenses que ya han contribuido a condenas, incluso cuando estas llevan décadas siendo aceptadas en los tribunales.
Fuentes consultadas
- California Innocence Project, “Evidencia de Marcas de Mordida”, con detalle del caso William Richards y su exoneración basada en cuestionamientos a la evidencia odontológica.
- International Journal of Odontostomatology (SciELO Chile), “Odontología Forense I: Las Huellas de Mordedura”, con cronología histórica completa desde 1870 hasta el caso Bundy.
- International Journal of Morphology (SciELO Chile), “Patrones Morfológicos Erróneamente Diagnosticados como Huellas de Mordedura”, con la cita textual completa del odontólogo forense Richard Souviron sobre el caso Jimmie Duncan.
- Criminalista.com, “¿Pueden las marcas de Mordidas ser Usadas como Evidencia?”, con detalle del estudio de la Comisión de Ciencia Forense de Texas.
- Universidad de Murcia, “Odontología Legal y Forense” (material académico), con cronología técnica del método de comparación.
Nota editorial: este artículo tiene fines educativos e informativos sobre una técnica forense histórica cuya validez científica ha sido cuestionada por estudios recientes, y documenta explícitamente los casos de condenas erróneas conocidos, sin sugerir que toda evidencia odontológica forense carezca de valor en la totalidad de los contextos donde se aplica.