Durante décadas, la pregunta de por qué algunas personas cometen crímenes violentos ha tenido respuestas sociales, psicológicas y morales. Pero desde los años 90, una disciplina llamada neurocriminología intenta abordarla desde otro ángulo: ¿qué ocurre, literalmente, dentro del cerebro de una persona con conducta criminal?
Antes de entrar en los hallazgos, una advertencia que la propia ciencia repite constantemente: no existe un «cerebro criminal» único ni un marcador biológico que prediga quién cometerá un delito. Lo que existen son factores de riesgo que, combinados con el entorno, la crianza y las circunstancias de vida, pueden aumentar una probabilidad, nunca una certeza.
Los orígenes: de Lombroso a la neuroimagen moderna
A finales del siglo XIX, el criminólogo italiano Cesare Lombroso propuso que los criminales tenían rasgos físicos identificables, una idea hoy completamente descartada. Sin embargo, su intuición de que la biología cerebral podía relacionarse con el comportamiento resurgió un siglo después, cuando la tecnología permitió algo que Lombroso no tenía: mirar dentro del cerebro en funcionamiento.
El término «neurocriminología» fue introducido por James Hilborn, pero quien lo popularizó fue el neurocientífico británico Adrian Raine, de la Universidad de Pensilvania, considerado pionero en el uso de neuroimagen para estudiar a personas condenadas por delitos violentos.
Qué muestran los escáneres cerebrales
En 1994, Raine utilizó tomografías por emisión de positrones (PET) para comparar los cerebros de 41 personas condenadas por asesinato con los de 41 personas sin antecedentes similares en edad y perfil. El hallazgo central: los cerebros de los asesinos mostraban una reducción significativa en el desarrollo de la corteza prefrontal, el área asociada a la función ejecutiva del cerebro.
La corteza prefrontal es la región encargada de la planificación, el control de impulsos y la toma de decisiones. Cuando su actividad es baja, la capacidad de frenar un impulso agresivo se debilita. Estudios posteriores de Raine con muestras más grandes (792 personas con trastorno antisocial de la personalidad) reforzaron este patrón: sus cortezas prefrontales eran significativamente más pequeñas que las de personas sin ese diagnóstico, con hallazgos adicionales de alteraciones en la amígdala y el giro angular, estructuras vinculadas al juicio moral.
«Esta reducción de volumen no permite predecir quién cometerá un asesinato, porque el cerebro funciona mediante redes distribuidas y no por regiones aisladas que ‘decidan’ por sí solas.»
Un estudio muy reciente (mayo-junio 2026), también liderado por Raine junto a otros investigadores y publicado en Aggression and Violent Behavior, encontró que personas que habían planificado un homicidio presentaban una amígdala hasta un 14% más pequeña que la de otros grupos. Sin embargo, los propios autores y otros neurocientíficos son claros: esta reducción de volumen no permite predecir quién cometerá un asesinato.
Otro trabajo relevante, de la Universidad de Chicago, analizó la relación entre materia gris y homicidio y llegó a una conclusión similar de cautela: no hay evidencia suficiente para establecer una relación causal entre la reducción de materia gris y el homicidio, según explicó el investigador Jean Decety.
La amígdala: el centro de las emociones y el miedo
La amígdala es una de las estructuras más estudiadas en este campo. Aunque suele simplificarse como «el centro del miedo», su función real es más amplia: interviene en el aprendizaje emocional, la detección de amenazas y el reconocimiento de señales sociales, siempre en conjunto con otras regiones como la corteza prefrontal (planificación y control inhibitorio) y el hipocampo (memoria y contexto).
Investigaciones anteriores ya habían documentado anomalías funcionales en la amígdala, el hipocampo y el tálamo en personas con conductas psicopáticas, asociadas a dificultades para aprender de experiencias de miedo o castigo y a una menor capacidad de respuesta emocional condicionada.
El cerebro del psicópata
La psicopatía no es sinónimo de «asesino». Es un patrón de personalidad (frialdad emocional, escasa empatía, tendencia a usar a los demás) que existe en un espectro, y la mayoría de las personas con rasgos psicopáticos nunca comete delitos graves. En contextos forenses se mide con la Escala de Evaluación de Psicopatía de Hare (PCL-R), que sitúa a la persona en un continuo en lugar de aplicar una etiqueta. Además, la psicopatía y el trastorno antisocial de la personalidad se solapan, pero no son lo mismo.
Aun así, la neuroimagen ha encontrado patrones consistentes. Las dos áreas que aparecen alteradas con más frecuencia son la amígdala y la corteza orbitofrontal, que interviene en la toma de decisiones y en la evaluación de recompensas y castigos. Un estudio de 2025 publicado en European Archives of Psychiatry and Clinical Neuroscience, que examinó a 39 hombres con diagnóstico de psicopatía usando el atlas cerebral Julich-Brain, encontró volúmenes reducidos en los ganglios basales, el tálamo, la corteza orbitofrontal, la corteza insular y otras regiones. Otros trabajos, que combinaron resonancia funcional con imágenes de tensor de difusión, muestran una conexión más débil entre la corteza prefrontal ventromedial (vinculada a la culpa y la empatía) y la amígdala.
Un estudio español publicado en marzo de 2026 en Aggression and Violent Behavior, con 125 hombres (67 condenados por violencia doméstica y 58 sin antecedentes), encontró que a mayor nivel de psicopatía, menor grosor cortical en zonas como la corteza orbitofrontal izquierda, la ínsula izquierda y la corteza cingulada anterior derecha. Ninguno de estos patrones permite diagnosticar a una persona con un escáner: son diferencias promedio entre grupos, y el diagnóstico sigue basándose en evaluaciones conductuales y psicológicas.
¿Tienen los asesinos en serie un cerebro distinto?
Muchos de los supuestos «estudios del cerebro de asesinos famosos» que circulan en internet nunca se realizaron. El caso más citado es el de Jeffrey Dahmer: tras su muerte, su madre, Joyce, quiso donar su cerebro a la ciencia, pero su padre, Lionel, se opuso y el cerebro nunca fue estudiado.
La investigación seria no analiza cerebros de casos célebres, sino muestras de personas condenadas por homicidio. Un estudio con tomografía PET en asesinos que alegaron no ser culpables por razón de demencia encontró menor actividad (medida como metabolismo de la glucosa) en la corteza prefrontal, el giro angular izquierdo y el cuerpo calloso, además de asimetrías anormales en estructuras como la amígdala. Otros trabajos con resonancia estructural han encontrado una corteza temporal más delgada en delincuentes psicopáticos. El hallazgo que más se repite es una conexión debilitada entre la amígdala y la corteza prefrontal, que podría explicar por qué algunos agresores no sienten culpa ante el sufrimiento de sus víctimas. Pero, una vez más, la mayoría de las personas con estas diferencias nunca lastima a nadie.
¿Existe un «gen criminal»?
La genética conductual también ha sido parte de esta investigación. Uno de los casos más citados es el de una familia holandesa estudiada durante 15 años en la década de 1990, en la que varios hombres con largos historiales de violencia compartían la ausencia de un gen funcional que produce la enzima MAOA, encargada de regular neurotransmisores relacionados con el control de impulsos.
A la variante de baja actividad de este gen se le apodó popularmente «el gen del guerrero». Es importante aclarar que no es un gen exclusivo de criminales: se estima que existe en una proporción considerable de la población general, y su expresión depende en gran medida de factores ambientales, especialmente de experiencias adversas en la infancia. Tenerlo no determina un destino violento; la mayoría de las personas que lo tienen nunca cometen delitos.
De forma más general, los estudios de genética conductual sugieren que entre el 40% y el 60% de la variación en el comportamiento criminal podría atribuirse a factores genéticos, el resto corresponde a la interacción con el ambiente.
Lo que la ciencia NO dice (y por qué importa aclararlo)
Este es el punto donde el rigor editorial es más importante, porque es también el más fácil de tergiversar:
- Ninguna anomalía cerebral es determinista. Las anomalías o diferencias cerebrales son factores de riesgo, no causas que garanticen un resultado. Muchas personas con estos factores nunca cometen un delito, y muchas personas sin ellos sí lo hacen.
- Un escáner no puede «detectar» a un futuro criminal. No existe una prueba de neuroimagen validada para predecir conducta criminal individual con fines legales o preventivos.
- La libre voluntad sigue siendo parte del debate. Como resume el neurocientífico Carlos Alberto Vidal, la decisión de ceder o no a un impulso sigue dependiendo, en última instancia, de la persona.
- El cerebro no actúa por partes aisladas. La mayoría de las funciones no están habilitadas por regiones específicas, sino por redes neuronales distribuidas que interactúan entre sí.
Aplicaciones legales: un terreno delicado
En Estados Unidos, algunos abogados defensores han presentado evidencia de neuroimagen como circunstancia atenuante cuando su cliente muestra alteraciones cerebrales documentadas. Esto ha generado debate ético y legal, porque abre la pregunta de hasta qué punto una alteración biológica puede (o debe) reducir la responsabilidad penal. La postura predominante entre especialistas es que la neuroimagen puede ser un complemento útil en casos ambiguos, pero no reemplaza al comportamiento como estándar para evaluar responsabilidad en el derecho penal.
Conclusión
La neurocriminología no busca etiquetar cerebros como «buenos» o «malos», sino entender un fenómeno complejo donde biología, psicología y entorno se entrelazan. Sus aplicaciones más prometedoras no están en predecir individuos, sino en mejorar la prevención temprana, el tratamiento y la rehabilitación. Como resume la investigación disponible, la ciencia ofrece piezas del rompecabezas, pero está lejos de tener la imagen completa.
Preguntas frecuentes
¿Existe un «cerebro criminal» identificable en escáneres cerebrales?
No. No existe un marcador biológico único que prediga quién cometerá un delito. Lo que existen son factores de riesgo estadísticos que, combinados con el entorno, la crianza y las circunstancias de vida, pueden aumentar una probabilidad, nunca una certeza.
¿Qué diferencias cerebrales encontró Adrian Raine en personas condenadas por asesinato?
Usando tomografías PET, Raine encontró una reducción significativa en el desarrollo de la corteza prefrontal —el área asociada a la función ejecutiva— en personas condenadas por asesinato, comparadas con un grupo sin antecedentes similares.
¿Existe realmente un «gen del crimen» o «gen del guerrero»?
No es un gen exclusivo de criminales. La variante de baja actividad del gen MAOA, apodada «gen del guerrero», existe en una proporción considerable de la población general, y su expresión depende en gran medida de factores ambientales, especialmente experiencias adversas en la infancia.
¿Puede un escáner cerebral predecir si alguien cometerá un crimen?
No existe una prueba de neuroimagen validada para predecir conducta criminal individual con fines legales o preventivos. Las anomalías cerebrales son factores de riesgo, no causas que garanticen un resultado.
¿Es diferente el cerebro de un psicópata?
En promedio, sí: los estudios encuentran menor volumen y menor conectividad en la amígdala y la corteza orbitofrontal en grupos de personas con psicopatía. Pero son diferencias de grupo, no lo bastante consistentes para diagnosticar a una persona con un escáner.
¿Se estudió el cerebro de Jeffrey Dahmer?
No. Su madre quiso donarlo a la ciencia, pero su padre se opuso y el cerebro nunca llegó a ser estudiado.
Expedientes relacionados
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- Trastorno explosivo intermitente: la ciencia detrás de la furia repentina
- El cerebro adolescente y el crimen juvenil, según la ciencia
Más casos en la sección Ciencia forense.
Fuentes
- iNeurociencias — «Neurociencia del Comportamiento Criminal» y «El Cerebro Criminal: Neurociencia y Conducta»
- La Tercera / Qué Pasa — «En la mente de un psicópata: lo que hay en el cerebro de un asesino»
- Semana — «La biología de las mentes criminales»
- Psicología y Mente — «Neurociencias aplicadas al estudio criminológico del delito»
- Raine, A. et al. (2026). «Reduced amygdala and lateral orbitofrontal volumes in pre-trial murderers: The role of psychopathy». Aggression and Violent Behavior. DOI: 10.1016/j.avb.2026.102160
- Scielo Costa Rica — «Las Neurociencias Forenses: El nuevo Paradigma Penal»
- Colombia Forense — «Neurociencia y criminalidad»
- Masterforense.com — «Evidencias de alteraciones cerebrales, cognitivas y emocionales en psicópatas»
- La Nación — «¿Qué explica la psicopatía? Un estudio relaciona este trastorno con regiones más delgadas de la corteza cerebral»
- iNeurociencias — «¿Es Diferente el Cerebro del Psicópata?» y «La Mente del Asesino Serial: Trastornos y Psicología»
- Infobae — «Científicos explican la importancia de estudiar el cerebro de asesinos seriales como Luis Alfredo Garavito»
- Scielo Colombia — «La neurobiología del asesino: aspectos neuroanatómicos, genéticos, bioquímicos, extrínsecos y sociales»
Nota editorial: este es un artículo divulgativo de carácter científico, no un diagnóstico ni una herramienta de perfilación individual. Ningún hallazgo aquí descrito debe usarse para etiquetar a una persona real como «peligrosa» con base en rasgos biológicos.