El 25 de noviembre de 1932, tras un juicio de treinta días que colapsó las salas del Tribunal Superior de Johannesburgo, Daisy de Melker fue declarada culpable de un solo cargo entre los tres que enfrentaba: el envenenamiento de su hijo de veinte años, Rhodes Cecil Cowle, con arsénico. Fue absuelta de los otros dos cargos —el envenenamiento con estricnina de sus dos esposos anteriores— por falta de pruebas concluyentes. Fue ahorcada el 30 de diciembre de 1932 en la Prisión Central de Pretoria, convirtiéndose en la segunda mujer ejecutada en la historia de Sudáfrica.

Una enfermera con acceso a venenos

Daisy Louisa Hancorn-Smith nació el 1 de junio de 1886 cerca de Grahamstown, en la entonces Colonia del Cabo, una de once hermanos. Se formó como enfermera calificada, una profesión que le otorgaba acceso legal a la compra de estricnina y arsénico bajo su nombre. Se casó tres veces, siempre con hombres que trabajaban como plomeros: William Cowle, con quien tuvo a su hijo Rhodes; Robert Sproat; y finalmente Sydney Clarence de Melker, con quien contrajo matrimonio en enero de 1931 y cuyo apellido conservó para la posteridad.

Las muertes de sus dos primeros esposos

William Cowle murió el 11 de enero de 1923 en Bertrams, distrito de Johannesburgo. Robert Sproat murió el 6 de noviembre de 1927, también en Johannesburgo. Años después, cuando la investigación sobre la muerte de su hijo llevó a las autoridades a exhumar los tres cuerpos, los análisis toxicológicos hallados en los restos de ambos esposos mostraron dosis masivas de estricnina, y la venta de esas cantidades de veneno se rastreó hasta la propia Daisy de Melker. Fue arrestada y acusada de los tres homicidios.

El juicio: un caso circunstancial contra los esposos

El juicio comenzó el 17 de octubre de 1932 y se prolongó durante un mes, con multitudes formando fila cada día para presenciar las audiencias. De Melker, siempre vestida con un discreto vestido negro, saludaba a la multitud como una celebridad y mostraba un comportamiento relajado que sugería su confianza en ser absuelta. El fiscal recurrió al testimonio del Dr. J.M. Watt, toxicólogo experto y catedrático de farmacología de la Universidad de Witwatersrand, para explicar los hallazgos de estricnina y arsénico en los tres cuerpos.

Sin embargo, respecto a las muertes de sus esposos, el juez que presidió el caso, Leopold Greenberg, concluyó en su fallo que el estado no había logrado probar de forma concluyente que las muertes de Cowle y Sproat se debieran a envenenamiento intencional por parte de la acusada: “Esto no me convence, ni condena a la acusada”, declaró respecto a esos dos cargos. De Melker fue formalmente absuelta de ambos homicidios.

El cargo que sí prosperó: la muerte de su hijo

El tercer cargo, referido a la muerte de su propio hijo Rhodes, tuvo un desenlace distinto. La fiscalía presentó una evidencia que resultó decisiva: a finales de febrero de 1932, De Melker había viajado desde Germiston hasta una farmacia en Turffontein para comprar arsénico, alegando que lo necesitaba para matar a un gato enfermo. El farmacéutico, de apellido Spilkin, la reconoció como una antigua clienta a la que había conocido bajo el nombre de “señora Cowle”, pese a que en esa ocasión firmó el registro como “señora Sproat” —cuando, en realidad, para entonces ya llevaba trece meses casada como “señora De Melker”—. La fiscalía presentó a Spilkin como testigo sorpresa en el juicio, y según los cronistas de la época, la seguridad que De Melker había mostrado hasta ese momento se desvaneció de inmediato al verlo declarar. Menos de una semana después de esa compra, su hijo Rhodes enfermó repentinamente en su trabajo y murió poco después.

El móvil de este crimen, a diferencia de los otros dos cargos, nunca quedó del todo esclarecido en el juicio. La hipótesis más citada por los fiscales de la época era que Rhodes, próximo a cumplir 21 años, estaba a punto de heredar directamente una suma de dinero dejada por su padre fallecido, William Cowle, y que su muerte antes de esa fecha habría beneficiado económicamente a su madre.

La condena y la ejecución

El jurado consideró que, respecto a la muerte de Rhodes, la conclusión de su culpabilidad era “ineludible”. De Melker fue condenada a muerte por ese único cargo. Según los relatos del momento de la sentencia, su rostro palideció, pero continuó proclamando su inocencia. Fue ahorcada el 30 de diciembre de 1932 en la Prisión Central de Pretoria, a los 46 años.

El legado: “South Africa’s first serial killer” con matices

De Melker es recordada popularmente como la primera asesina en serie de la historia sudafricana, un título que —como en otros casos similares de esta sección— exige una precisión importante: judicialmente solo fue condenada por un homicidio. Su caso inspiró la novela “Three Men Die” (1934) de la escritora sudafricana Sarah Gertrude Millin, publicada apenas dos años después de su ejecución, y durante décadas su nombre se utilizó popularmente en Sudáfrica —de forma similar al uso del “hombre del saco” en otras culturas— para advertir a los niños sobre el comportamiento indebido.

Fuentes consultadas

  • South African History Online — cronología oficial del caso y motivo especulado del crimen.
  • Wikipedia (en inglés) — datos judiciales y distinción clara entre el cargo condenado y los cargos de los que fue absuelta.
  • Geni (archivo genealógico, con cita de fuente “Worldwide Hangings from True Crime Library”) — reconstrucción detallada del veredicto judicial diferenciado por cargo.
  • Grokipedia — cronología con referencias verificables, incluida la referencia a la novela de Sarah Gertrude Millin.
  • South Africa Facts — reconstrucción narrativa del juicio, incluido el testimonio sorpresa del farmacéutico Spilkin.

Nota editorial: Daisy de Melker fue condenada judicialmente por un solo homicidio, el de su hijo Rhodes Cecil Cowle. Fue formalmente absuelta de los cargos por las muertes de sus dos esposos, que el propio juez consideró no probadas más allá de duda razonable; este artículo mantiene esa distinción en todo momento, pese a que la reputación popular del caso suele obviarla.